viernes, 15 de junio de 2012

Dominique


Reportatge llibre "India mon amour", Dominique Lapierre from Produccions Mínimes on Vimeo.

Una imagen vale más que mil palabras, así que por mucho que me empeñe en escribir sobre la extraordinaria energía, el entusiasmo, el corazón inmenso de este prolífico investigador-reportero-escritor, su amor hacia la India, su insaciable sed de conocer cada tema en profundidad, he preferido colgar este vídeo en el que además se reflejan el brillo en sus ojos y su inmensa y satisfecha sonrisa.

 Desde su infancia en la Francia ocupada, su adolescencia en Estados Unidos, donde su padre era Embajador, su luna de miel alrededor del mundo con un puñado de dólares en el bolsillo como reportero de Paris Match, su curiosidad insaciable le empuja a escribir junto a Larrry Collins sobre temas tan dispares y apasionantes como la ocupación nazi de Francia, la Guerra Civil española, la formación del estado de Israel, el proceso de independencia de la India...hasta que conoce a Madre Teresa de Calcuta y vive de primera mano la situación de los más pobres entre los pobres. Publica entonces "La Ciudad de la Alegría" y  más tarde"Más grandes que el amor" sobre la labor de la congregación con los enfermos de Sida en Nueva York, desamparados y sin recursos. Despúes vendrá "Era media noche en Bhopal" que junto a su sobrino Javier Moro, denuncia el accidente industrial más grave de todos los tiempos que costó la vida a 30.000 personas y dejó más de 200.000 afectados.
Dominique lleva a cabo una magnífica labor humanitaria desde hace más de 20 años, destinando gran parte de los beneficios de sus libros a la creación de pozos de agua potable, la curación de niños leprosos y afectados de tuberculosis, la construcción de escuelas, residencias, la compra de un barco-hospital que surca el Ganges, la creación de un sistema de canales de irrigación para las islas del delta...
Su entusiasmo es contagioso y  su fuerza hace que todo parezca realizable. Desde su casa La Bastide, en el bosque de Ramatuelle, a escasos kilómetros del glamour de Saint Tropez, escribe sus libros a mano, monta a caballo y dirige la fundación Cité de la Joie. Su carisma, su español aprendido junto al Cordobés, mientras escribía "O llevarás luto por mi", sus ojos vivos y escrutadores, su alegría hacen de él un ser único.

Desde aquí este pequeño homenaje a un gran hombre, cuya hermana Bernadette, es una segunda madre para mi.

miércoles, 13 de junio de 2012

Alice Herz-Sommer


Sobrecogedor testimonio de la niña más anciana y viva del mundo. Bella, radiante y sabia...

lunes, 11 de junio de 2012

Don Manolo de la Mancha


Ayer apareció mi hermano pertrechado con todo lo necesario para montar una colmena en casa de mi madre. No en vano tiene fama de geyperman, ya que al equipillo de caza, el de pesca, el de submarinismo viene ahora a sumar el de apicultor.
Al verle vestido de esa guisa, me vi de nuevo niña, transformada en la sombra de Manolo, viendo de lejos, como sacaba los chorreantes panales de miel, ataviado de una rudimentaria red que apenas le cubría la cara y alejando a manotazos y bufidos de humo a las ofendidas abejas. Luego preparaba un mejunje con harina para que se alimentaran durante el invierno y me tendía un trozo de cera untada del dulce sirope que yo disfrutaba con fruición.
A mediados de los años 50, mi padre fue nombrado arquitecto municipal de un pueblecito de las afueras de la capital, que en la actualidad cuenta con más de 100.000 habitantes. Con el fin de tener un refugio donde escapar de la vorágine urbana, mi madre y él compraron un campo de trigo, construyendo primero un aljibe y un horno donde cocer ladrillos destinados a la construcción de una casa donde pasar los fines de semana y las vacaciones. Tuvieron incluso que tirar una línea telefónica desde el pueblo que se encontraba a algo más de 1 km para comunicarse con Madrid (a 15 km), pidiendo conferencia por la mañana y que con suerte sería concedida a media tarde, a merced de los indiscretos oídos de la telefonista de turno.
Una vez construida la casa, se fueron añadiendo el gallinero, la cochiquera, la cuadra que albergaba a Lucero que yo no llegué a conocer pero cuya leyenda aún perdura al hacer volar por los aires a varios de mis hermanos en una escapada en coche de caballos y que casi termina en tragedia.
A cargo de esta casa-granja donde crecí rodeada de gallinas, cerdos, patos, ocas, conejos, pavos reales, cabras y una oveja rescatada, estaba Manolo, ese gran maestro de piel curtida por el sol y la vida. Había sido pastor en su Mancha natal y pasaba el día contando historias sobre su infancia, sus largas caminatas de kilómetros y kilómetros cada día para ir a la escuela, el miedo que pasaba solo con su rebaño ante la amenaza del lobo… Recuerdo los surcos risueños alrededor de sus ojos, la sempiterna boina negra calada hasta las cejas, sus manos fuertes y hábiles capaces de esquilar una oveja a tijera en un abrir y cerrar de ojos; degollar con pulso firme aquel cerdito, que habíamos  criado con tanto mimo, el día de la matanza, mientras yo lloraba desconsolada escondida bajo la almohada, encerrada en mi habitación. Aquél día se reunía la familia al completo en un ballet perfectamente orquestado en el que cada uno conocía su cometido. Herminia, lavaba las tripas, Artemio troceaba el animal y Basilia me aprisionaba entre sus voluptuosos pechos y me cubría a besos de metralleta mientras emitía aquél “pero muchaaaachaaa” tan característico. Mientras el abuelo lo observaba todo taciturno, sentado en una silla de enea, garrota en mano, jurando en un lenguaje ininteligible del que solo se llegaban a comprender un ¡coño!¡me cagüend***! cuando los niños nos colábamos a robar los huevos en el gallinero. Y luego estaba Mari Carmen, la nieta, que venía de visita algunos sábados y con quién yo compartía tardes de mesa camilla y brasero viendo películas de vaqueros y degustando  polvorones, mantecados y una copita de anís, a ver si así me ponía “hermosa”, no como los desdeñables 45 kgs de huesos de la Señora, ya se sabe, las francesas…
Con Manolo pasé tardes observando como organizaba el sistema de riego por canales de la huerta, empujando la vieja carretilla que se quejaba lastimera bajo el peso de la poda. Cortando racimos de uvas, recogiendo aceitunas y bañándolas en cal y luego en salmuera con limón y laurel, tocando, experimentando. Hipnotizada viendo como era capaz de liarse un cigarrillo que colgaba eternamente en equilibrio pegado a su labio inferior, con que ternura le daba el biberón a aquél corderillo rescatado, como colocaba la hogaza de pan sobre su antebrazo y la transformaba en deliciosas migas en el fuego de leña de la cocina vieja, cuyo olor llevaré siempre tatuado en la pituitaria, mezcla de hollín, carne tostada y especias.
Pocos antes de que falleciera mi padre, Manolo se jubiló. Se marchó a vivir a un piso en Alcorcón donde se fue secando como una pasa al sol. Le fuimos a visitar mi madre y yo tras la repentina muerte de su mujer y su hija y le encontramos frágil como un jilguero enjaulado. Lloraba como un niño al recordar los tiempos felices y nos fuimos del allí con el corazón encogido y un sabor agridulce en el alma.
Un 26 de mayo, en la misma fecha que lo hiciera mi padre unos años atrás, se apagó sin estridencias, discreto como había vivido.
Mientras le tuve a mi lado no fui consciente de lo importante que fue, pero hoy, cada vez que arranco un tomate y me deja ese rastro lechoso en la mano, cuando lo saboreo y sabe a eso, a tomate; cuando lo acompaño de un buen pan, un chorro de aceite  y un buen vino, siento la mano de Manolo sobre mi hombro y su presencia más viva que nunca.
Dedicado a mi hermana manchega. Va por ti Fhl!




lunes, 4 de junio de 2012

Carolina for president!

11% de votos de franceses residentes en España para los ecologistas en las elecciones legislativas del país Galo ¡Toda una hazaña!  A la cabeza de Europe écologie les verts: Carolina Punset.
Hace unos días presentaba su candidatura en la sede del Instituto francés de Madrid, flanqueada por Stéphane Etcheverry, segundo en la lista y por su padre Eduard.
Dicen que si con 20 años no eres de izquierdas no tienes corazón y que si con 40 no eres de derechas no tienes cerebro. Será por espíritu de contradicción, pero mi corazón siempre ha sido y permanecerá verde.
No sé si será la luna llena, la hemorragia de malas noticias con las que nos desayunamos cada día, la sensación de amenaza constante a la que nos vemos sometidos, la sensación de pertenecer a un enorme rebaño descerebrado que camina cada vez más deprisa hacia un destino incierto e inquietante, pastoreado por líderes sin escrúpulos ni sentido alguno de la responsabilidad ni de lealtad.
De repente entre todo ese barullo cacofónico, escuchar una voz que habla de como asumir una responsabilidad planetaria, produciendo energías renovables, respetando el medio ambiente, conciliando la vida laboral y familiar con horarios que permitan que los trabajadores puedan disfrutar de actividades complementarias fuera de las absurdas jornadas de sol a sol, luchar por una educación personalizada en la que no solo se valoren los resultados académicos si no que se incluya la gestión de emociones. Frenar una crisis ecológica sin precedentes, volver a una alimentación sana, acabar con la agricultura y ganadería extensiva en la que se ha perdido de vista al consumidor y solo priman beneficios económicos, a costa de nuestra propia salud y el respeto a la vida animal.
Cada vez me siento menos libre en esta sociedad de la abundancia, de la tecnología, de la globalización. Cada vez me siento más feliz plantando lechugas en mi pequeña huerta, paseando a Lúa por el bosque, haciendo mermelada de fresas, escuchando a mi madre contar a mis hijos sus aventuras de niña durante el embargo. No tenían gasolina y vivió su infancia a lomos de un caballo, trepando descalza por los cocoteros y mordisqueando caña de azúcar con sus hermanas. Duchándose bajo aquella gran alcachofa que descargaba una cascada de agua de lluvia, escuchando, lívida, las historias de terror que le contaba su tata cada noche...
Solo espero que mis hijos puedan contarles a sus nietos batallas de infancia con tanto sabor como las que cuenta ella, que sus recuerdos no se limiten a la última PSP o a cualquier gadget informático, si no que estén ligados a la tierra y a cualquier ser vivo que more en ella ¡Y si es verde mejor!