martes, 22 de mayo de 2012

Annorum vinum socius vetus et vetus aurum, aunque no siempre...

Castillo de Cuzcurrita, siglo XV. Invitación de cumpleaños de Gonzalo.
8 parejas liberadas de sus respectivos vástagos con muchas ganas de diversión.
4 nacionalidades distintas: suiza, inglesa, belga y francesa.
Un fin de semana por delante entre viñedos y bodegas.
Un idioma común: el vino de Rioja aderezado con algo parecido al espinglfrañol.



Pensaba escribir sobre la visita a las bodegas López de Heredia, el método artesanal con el que siguen elaborando su vino desde finales del sXIX. La peculiaridad del edificio modernista, el olor a barrica vieja, humedad y vino. La pasión con la que nos mostraron los túneles escavados a mano en la roca. 3.000 metros cuadrados picados por canteros especializados durante más de dos años, para utilizar la piedra en la construcción de los edificios adyacentes. "El cementerio" donde se conservan cientos de botellas lacradas de las mejores añadas, cubiertas de una espesa capa de moho negro y telas de araña. El taller de barricas artesanal, el mecanismo natural de refrigeración que mantiene el vino a temperatura y humedad constante durante todo el año. La visión de su fundador, que logró adaptar el método tradicional bordelés a la uva autóctona y que tres generaciones después sigue elaborándose de la misma forma, con paciencia infinita desde la selección y recolección manual de la uva, la fermentación controlada, su larga crianza en barricas de roble americano (entre 3 y 6 años), los trasiegos manuales cada semestre y el envejecimiento en botella dentro de las celdas acolchadas de denso moho, dignas de una noche loca del conde Drácula y sus secuaces.

Más tarde, trasladados  en el tiempo, entrar de nuevo en calor embriagándonos con los aromas del bouquet de una copa de Viña Tondonia en un entorno que auna la belleza del bello expositor que representó a la casa en la Exposición Universal de Bruselas en el año 1910 y que ahora se cobija en el interior de una gran “frasca” proyecto de Zaha Hadid para conmemorar el 125 aniversario de las bodegas.




Pensaba escribir sobre el contraste que supuso salir de esa visita, aún con el dulce retrogusto en la boca, el intenso olor a vino centenario pegado a la pituitaria y llegar hasta las instalaciones de Marqués de Riscal. Pasar de una bodega que produce alrededor de 300.000 botellas al año a otra que ronda los 10 millones entre los vinos de Rioja y los de Rueda, de las cuales casi un 50% se dedica a la exportación. Otra visión del negocio, mucho más aséptica y rentable pero definitivamente menos romántica.

Y de fondo el fastuoso hotel diseñado por Frank O.Gehry, reflejando la luz del atardecer sobre las planchas de titanio de su cubierta en tonos dorados, rosas y plata, como representación arquitectónica del vino y su envoltorio. 100.000 metros cuadrados que albergan un spa de vinoterapia y un restaurante gastronómico dirigido por Francis Paniego.



Pero en el fondo, me apetece escribir sobre la amistad que en tantas ocasiones veces va unida a un buen vino en nuestra cultura. Como si al descorchar el precioso líquido, quitáramos de pronto el corcho a nuestros sentimientos y fluyeran por fin sin esfuerzo, con el armónico gorgoteo que oxigena confidencias largo tiempo custodiadas.

Qué difícil me resulta hacer nuevos amigos. Echo la vista atrás y me doy cuenta de que la mayoría de ellos datan de la infancia o de la adolescencia, salvo maravillosas excepciones que atesoro con mimo y que cuento con los dedos de una mano ¿Será cierto que a medida que avanzas en la vida te vuelves más exigente y mucho menos interesante?

Qué sensación tan especial es vislumbrar de pronto a ese desconocido, que cuando menos te lo esperas, te lanza el anzuelo de la curiosidad y te descubres acercándote despacio para entrar dentro del radio de la conversación, del magnetismo, de esa aura hipnótica que atrae sin razón lógica. Ese golpe de intuición que rara vez falla. Qué maravilla cuando sucede ese instante, cruce de miradas en las que casi no es necesario añadir nada. Como una estrella fugaz que a veces se hace satélite y que otras pasa efímera iluminando por un momento el cielo…


¡Qué fácil era de niña cuando nadie llevaba la armadura puesta y mirando a los ojos podías ver el fondo del otro. Qué arriesgado resulta ahora bajar la guardia y exponer los sentimientos!
Siempre nos quedará una buena copa de vino tinto para salir de nuestro mundo interior, aunque algunos necesitemos alguna ayudita extra...