domingo, 23 de diciembre de 2012

Navidades volviendo a los 17


Volver a los 17, después de vivir un siglo... Vuelve a mi mente esta canción, interpretada por la directora nuestro grupo coral. Yo aún no había cumplido esos 17 y me sobrecogió la letra, la voz profunda y rasgada, desgarrada. Me impresionó que una mujer tan aparentemente delicada y frágil tuviera esa fuerza, pudiera contagiar esa pasión, se colara en nuestra fibra y la hiciera vibrar de esa manera. Creo recordar que fue por estas fechas del año, de no sé que año, hace mil años... desde entonces en lugar de villancicos asocio las Navidades a esta melodía y a los sentimientos que  despertó en mi.
Es curioso como cada acontecimiento lleva su propia banda sonora, cada recuerdo su olor, su tacto, su luz. Hoy vuelvo a los diecisiete con unas cuantas experiencias más, sabiduría a base de golpes y caricias, pero sobre todo mucho amor en la mochila, amor recibido, amor dado y mucho mucho por distribuir aún, ahora que se confirma que el mundo no se acaba aún...
¡Feliz Navidad! 

viernes, 15 de junio de 2012

Dominique


Reportatge llibre "India mon amour", Dominique Lapierre from Produccions Mínimes on Vimeo.

Una imagen vale más que mil palabras, así que por mucho que me empeñe en escribir sobre la extraordinaria energía, el entusiasmo, el corazón inmenso de este prolífico investigador-reportero-escritor, su amor hacia la India, su insaciable sed de conocer cada tema en profundidad, he preferido colgar este vídeo en el que además se reflejan el brillo en sus ojos y su inmensa y satisfecha sonrisa.

 Desde su infancia en la Francia ocupada, su adolescencia en Estados Unidos, donde su padre era Embajador, su luna de miel alrededor del mundo con un puñado de dólares en el bolsillo como reportero de Paris Match, su curiosidad insaciable le empuja a escribir junto a Larrry Collins sobre temas tan dispares y apasionantes como la ocupación nazi de Francia, la Guerra Civil española, la formación del estado de Israel, el proceso de independencia de la India...hasta que conoce a Madre Teresa de Calcuta y vive de primera mano la situación de los más pobres entre los pobres. Publica entonces "La Ciudad de la Alegría" y  más tarde"Más grandes que el amor" sobre la labor de la congregación con los enfermos de Sida en Nueva York, desamparados y sin recursos. Despúes vendrá "Era media noche en Bhopal" que junto a su sobrino Javier Moro, denuncia el accidente industrial más grave de todos los tiempos que costó la vida a 30.000 personas y dejó más de 200.000 afectados.
Dominique lleva a cabo una magnífica labor humanitaria desde hace más de 20 años, destinando gran parte de los beneficios de sus libros a la creación de pozos de agua potable, la curación de niños leprosos y afectados de tuberculosis, la construcción de escuelas, residencias, la compra de un barco-hospital que surca el Ganges, la creación de un sistema de canales de irrigación para las islas del delta...
Su entusiasmo es contagioso y  su fuerza hace que todo parezca realizable. Desde su casa La Bastide, en el bosque de Ramatuelle, a escasos kilómetros del glamour de Saint Tropez, escribe sus libros a mano, monta a caballo y dirige la fundación Cité de la Joie. Su carisma, su español aprendido junto al Cordobés, mientras escribía "O llevarás luto por mi", sus ojos vivos y escrutadores, su alegría hacen de él un ser único.

Desde aquí este pequeño homenaje a un gran hombre, cuya hermana Bernadette, es una segunda madre para mi.

miércoles, 13 de junio de 2012

Alice Herz-Sommer


Sobrecogedor testimonio de la niña más anciana y viva del mundo. Bella, radiante y sabia...

lunes, 11 de junio de 2012

Don Manolo de la Mancha


Ayer apareció mi hermano pertrechado con todo lo necesario para montar una colmena en casa de mi madre. No en vano tiene fama de geyperman, ya que al equipillo de caza, el de pesca, el de submarinismo viene ahora a sumar el de apicultor.
Al verle vestido de esa guisa, me vi de nuevo niña, transformada en la sombra de Manolo, viendo de lejos, como sacaba los chorreantes panales de miel, ataviado de una rudimentaria red que apenas le cubría la cara y alejando a manotazos y bufidos de humo a las ofendidas abejas. Luego preparaba un mejunje con harina para que se alimentaran durante el invierno y me tendía un trozo de cera untada del dulce sirope que yo disfrutaba con fruición.
A mediados de los años 50, mi padre fue nombrado arquitecto municipal de un pueblecito de las afueras de la capital, que en la actualidad cuenta con más de 100.000 habitantes. Con el fin de tener un refugio donde escapar de la vorágine urbana, mi madre y él compraron un campo de trigo, construyendo primero un aljibe y un horno donde cocer ladrillos destinados a la construcción de una casa donde pasar los fines de semana y las vacaciones. Tuvieron incluso que tirar una línea telefónica desde el pueblo que se encontraba a algo más de 1 km para comunicarse con Madrid (a 15 km), pidiendo conferencia por la mañana y que con suerte sería concedida a media tarde, a merced de los indiscretos oídos de la telefonista de turno.
Una vez construida la casa, se fueron añadiendo el gallinero, la cochiquera, la cuadra que albergaba a Lucero que yo no llegué a conocer pero cuya leyenda aún perdura al hacer volar por los aires a varios de mis hermanos en una escapada en coche de caballos y que casi termina en tragedia.
A cargo de esta casa-granja donde crecí rodeada de gallinas, cerdos, patos, ocas, conejos, pavos reales, cabras y una oveja rescatada, estaba Manolo, ese gran maestro de piel curtida por el sol y la vida. Había sido pastor en su Mancha natal y pasaba el día contando historias sobre su infancia, sus largas caminatas de kilómetros y kilómetros cada día para ir a la escuela, el miedo que pasaba solo con su rebaño ante la amenaza del lobo… Recuerdo los surcos risueños alrededor de sus ojos, la sempiterna boina negra calada hasta las cejas, sus manos fuertes y hábiles capaces de esquilar una oveja a tijera en un abrir y cerrar de ojos; degollar con pulso firme aquel cerdito, que habíamos  criado con tanto mimo, el día de la matanza, mientras yo lloraba desconsolada escondida bajo la almohada, encerrada en mi habitación. Aquél día se reunía la familia al completo en un ballet perfectamente orquestado en el que cada uno conocía su cometido. Herminia, lavaba las tripas, Artemio troceaba el animal y Basilia me aprisionaba entre sus voluptuosos pechos y me cubría a besos de metralleta mientras emitía aquél “pero muchaaaachaaa” tan característico. Mientras el abuelo lo observaba todo taciturno, sentado en una silla de enea, garrota en mano, jurando en un lenguaje ininteligible del que solo se llegaban a comprender un ¡coño!¡me cagüend***! cuando los niños nos colábamos a robar los huevos en el gallinero. Y luego estaba Mari Carmen, la nieta, que venía de visita algunos sábados y con quién yo compartía tardes de mesa camilla y brasero viendo películas de vaqueros y degustando  polvorones, mantecados y una copita de anís, a ver si así me ponía “hermosa”, no como los desdeñables 45 kgs de huesos de la Señora, ya se sabe, las francesas…
Con Manolo pasé tardes observando como organizaba el sistema de riego por canales de la huerta, empujando la vieja carretilla que se quejaba lastimera bajo el peso de la poda. Cortando racimos de uvas, recogiendo aceitunas y bañándolas en cal y luego en salmuera con limón y laurel, tocando, experimentando. Hipnotizada viendo como era capaz de liarse un cigarrillo que colgaba eternamente en equilibrio pegado a su labio inferior, con que ternura le daba el biberón a aquél corderillo rescatado, como colocaba la hogaza de pan sobre su antebrazo y la transformaba en deliciosas migas en el fuego de leña de la cocina vieja, cuyo olor llevaré siempre tatuado en la pituitaria, mezcla de hollín, carne tostada y especias.
Pocos antes de que falleciera mi padre, Manolo se jubiló. Se marchó a vivir a un piso en Alcorcón donde se fue secando como una pasa al sol. Le fuimos a visitar mi madre y yo tras la repentina muerte de su mujer y su hija y le encontramos frágil como un jilguero enjaulado. Lloraba como un niño al recordar los tiempos felices y nos fuimos del allí con el corazón encogido y un sabor agridulce en el alma.
Un 26 de mayo, en la misma fecha que lo hiciera mi padre unos años atrás, se apagó sin estridencias, discreto como había vivido.
Mientras le tuve a mi lado no fui consciente de lo importante que fue, pero hoy, cada vez que arranco un tomate y me deja ese rastro lechoso en la mano, cuando lo saboreo y sabe a eso, a tomate; cuando lo acompaño de un buen pan, un chorro de aceite  y un buen vino, siento la mano de Manolo sobre mi hombro y su presencia más viva que nunca.
Dedicado a mi hermana manchega. Va por ti Fhl!




lunes, 4 de junio de 2012

Carolina for president!

11% de votos de franceses residentes en España para los ecologistas en las elecciones legislativas del país Galo ¡Toda una hazaña!  A la cabeza de Europe écologie les verts: Carolina Punset.
Hace unos días presentaba su candidatura en la sede del Instituto francés de Madrid, flanqueada por Stéphane Etcheverry, segundo en la lista y por su padre Eduard.
Dicen que si con 20 años no eres de izquierdas no tienes corazón y que si con 40 no eres de derechas no tienes cerebro. Será por espíritu de contradicción, pero mi corazón siempre ha sido y permanecerá verde.
No sé si será la luna llena, la hemorragia de malas noticias con las que nos desayunamos cada día, la sensación de amenaza constante a la que nos vemos sometidos, la sensación de pertenecer a un enorme rebaño descerebrado que camina cada vez más deprisa hacia un destino incierto e inquietante, pastoreado por líderes sin escrúpulos ni sentido alguno de la responsabilidad ni de lealtad.
De repente entre todo ese barullo cacofónico, escuchar una voz que habla de como asumir una responsabilidad planetaria, produciendo energías renovables, respetando el medio ambiente, conciliando la vida laboral y familiar con horarios que permitan que los trabajadores puedan disfrutar de actividades complementarias fuera de las absurdas jornadas de sol a sol, luchar por una educación personalizada en la que no solo se valoren los resultados académicos si no que se incluya la gestión de emociones. Frenar una crisis ecológica sin precedentes, volver a una alimentación sana, acabar con la agricultura y ganadería extensiva en la que se ha perdido de vista al consumidor y solo priman beneficios económicos, a costa de nuestra propia salud y el respeto a la vida animal.
Cada vez me siento menos libre en esta sociedad de la abundancia, de la tecnología, de la globalización. Cada vez me siento más feliz plantando lechugas en mi pequeña huerta, paseando a Lúa por el bosque, haciendo mermelada de fresas, escuchando a mi madre contar a mis hijos sus aventuras de niña durante el embargo. No tenían gasolina y vivió su infancia a lomos de un caballo, trepando descalza por los cocoteros y mordisqueando caña de azúcar con sus hermanas. Duchándose bajo aquella gran alcachofa que descargaba una cascada de agua de lluvia, escuchando, lívida, las historias de terror que le contaba su tata cada noche...
Solo espero que mis hijos puedan contarles a sus nietos batallas de infancia con tanto sabor como las que cuenta ella, que sus recuerdos no se limiten a la última PSP o a cualquier gadget informático, si no que estén ligados a la tierra y a cualquier ser vivo que more en ella ¡Y si es verde mejor!

martes, 22 de mayo de 2012

Annorum vinum socius vetus et vetus aurum, aunque no siempre...

Castillo de Cuzcurrita, siglo XV. Invitación de cumpleaños de Gonzalo.
8 parejas liberadas de sus respectivos vástagos con muchas ganas de diversión.
4 nacionalidades distintas: suiza, inglesa, belga y francesa.
Un fin de semana por delante entre viñedos y bodegas.
Un idioma común: el vino de Rioja aderezado con algo parecido al espinglfrañol.



Pensaba escribir sobre la visita a las bodegas López de Heredia, el método artesanal con el que siguen elaborando su vino desde finales del sXIX. La peculiaridad del edificio modernista, el olor a barrica vieja, humedad y vino. La pasión con la que nos mostraron los túneles escavados a mano en la roca. 3.000 metros cuadrados picados por canteros especializados durante más de dos años, para utilizar la piedra en la construcción de los edificios adyacentes. "El cementerio" donde se conservan cientos de botellas lacradas de las mejores añadas, cubiertas de una espesa capa de moho negro y telas de araña. El taller de barricas artesanal, el mecanismo natural de refrigeración que mantiene el vino a temperatura y humedad constante durante todo el año. La visión de su fundador, que logró adaptar el método tradicional bordelés a la uva autóctona y que tres generaciones después sigue elaborándose de la misma forma, con paciencia infinita desde la selección y recolección manual de la uva, la fermentación controlada, su larga crianza en barricas de roble americano (entre 3 y 6 años), los trasiegos manuales cada semestre y el envejecimiento en botella dentro de las celdas acolchadas de denso moho, dignas de una noche loca del conde Drácula y sus secuaces.

Más tarde, trasladados  en el tiempo, entrar de nuevo en calor embriagándonos con los aromas del bouquet de una copa de Viña Tondonia en un entorno que auna la belleza del bello expositor que representó a la casa en la Exposición Universal de Bruselas en el año 1910 y que ahora se cobija en el interior de una gran “frasca” proyecto de Zaha Hadid para conmemorar el 125 aniversario de las bodegas.




Pensaba escribir sobre el contraste que supuso salir de esa visita, aún con el dulce retrogusto en la boca, el intenso olor a vino centenario pegado a la pituitaria y llegar hasta las instalaciones de Marqués de Riscal. Pasar de una bodega que produce alrededor de 300.000 botellas al año a otra que ronda los 10 millones entre los vinos de Rioja y los de Rueda, de las cuales casi un 50% se dedica a la exportación. Otra visión del negocio, mucho más aséptica y rentable pero definitivamente menos romántica.

Y de fondo el fastuoso hotel diseñado por Frank O.Gehry, reflejando la luz del atardecer sobre las planchas de titanio de su cubierta en tonos dorados, rosas y plata, como representación arquitectónica del vino y su envoltorio. 100.000 metros cuadrados que albergan un spa de vinoterapia y un restaurante gastronómico dirigido por Francis Paniego.



Pero en el fondo, me apetece escribir sobre la amistad que en tantas ocasiones veces va unida a un buen vino en nuestra cultura. Como si al descorchar el precioso líquido, quitáramos de pronto el corcho a nuestros sentimientos y fluyeran por fin sin esfuerzo, con el armónico gorgoteo que oxigena confidencias largo tiempo custodiadas.

Qué difícil me resulta hacer nuevos amigos. Echo la vista atrás y me doy cuenta de que la mayoría de ellos datan de la infancia o de la adolescencia, salvo maravillosas excepciones que atesoro con mimo y que cuento con los dedos de una mano ¿Será cierto que a medida que avanzas en la vida te vuelves más exigente y mucho menos interesante?

Qué sensación tan especial es vislumbrar de pronto a ese desconocido, que cuando menos te lo esperas, te lanza el anzuelo de la curiosidad y te descubres acercándote despacio para entrar dentro del radio de la conversación, del magnetismo, de esa aura hipnótica que atrae sin razón lógica. Ese golpe de intuición que rara vez falla. Qué maravilla cuando sucede ese instante, cruce de miradas en las que casi no es necesario añadir nada. Como una estrella fugaz que a veces se hace satélite y que otras pasa efímera iluminando por un momento el cielo…


¡Qué fácil era de niña cuando nadie llevaba la armadura puesta y mirando a los ojos podías ver el fondo del otro. Qué arriesgado resulta ahora bajar la guardia y exponer los sentimientos!
Siempre nos quedará una buena copa de vino tinto para salir de nuestro mundo interior, aunque algunos necesitemos alguna ayudita extra... 



jueves, 16 de febrero de 2012

Aguadora

Lo primero que impacta al llegar a la India es su olor. Una mezcla de naftalina (que evita que proliferen roedores y cucarachas por los desagües) especias, basura e incienso. Aromas tan intensos e inhabituales que penetran y se pegan a la pituitaria, preludio de los contrastes que se encontrarán a lo largo del viaje.
Con una población tan gigantesca, llama la atención que cada persona tiene su pequeño oficio, por humilde que sea. Una aguadora a la entrada de la Puerta de India, sentada en el suelo con cuatro vasos y un cubo,

Un sastre callejero, cuya tienda no es más grande que un armario empotrado, limpiabotas, picatickets, barrenderos, vendedores ambulantes que llevan su pequeño cargamento a cuestas varios kilómetros y que agudizan el ingenio para vender un zumo de lima o de caña en cualquier rincón.

Muchas veces desde la mayor de las pobrezas, incluso desde la miseria, pero con una dignidad y una elegancia muy difícil de encontrar en otra parte del planeta.

País de extremos y contradicciones, como en esta boda en la que frente al hermoso ritual cargado de símbolismo destaca una novia de ojos enrojecidos por el llanto. Desgarrada ante un futuro en el que abandonará su hogar natal para mudarse a casa de un marido que le dobla la edad y al que apenas conoce.

Los templos y paisajes que inspiran serenidad y paz. La mirada profunda y directa de los indios,sobre todo de los niños, el juego del regateo, el mordisco en el estómago cada vez que uno sube a un coche y se juega literalmente la vida sorteando rickshaws, vacas, motos con cuatro pasajeros, bólidos en sentido contrario... Habría que inventar un videojuego con el tráfico en Bombay, sería un éxito asegurado y una descarga de adrenalina garantizada!

Violencia y meditación, derroche y pobreza y esta pequeña celda donde vivió Mahatma Gandi: un colchón, una rueca, un escritorio y una nutrida biblioteca para llevar a un pueblo inmenso a la independencia sin emplear la fuerza.

Astronómicas diferencias entre ricos y pobres, pero en todos entusiasmo y ganas de trabajar
como una gran colmena en donde cada uno conoce su función. Un panal multicolor plagado de ruidos, de colores, de dramas y de vida.

¡Qué aburrida debe paracerles nuestra previsible cotidianedad occidental, sin olores punzantes, situaciones imprevisibles o sabores especiados e intensamente picantes!
Pero ante todo la India es un país de emociones, que hace vibrar en una mezcla de maravillosa belleza y profunda injusticia, deseas quedarte y amarla y a la vez marcharte de allí cuanto antes y olvidar. Pero eso ya no es posible. Te vas impregnada de sus aromas, de su delicadeza, de sus paisajes, de sus sarees multicolores, soñando con volver a caer en el embrujo.




Y con la ardiente experiencia de sentarse a su mesa.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Febrero

Febrero, ese mes en el que me gusta cerrar los ojos mientras silba el viento fuera y solo apetece guarecerse del frío y revivo ese día de verano, la piel tostada por el sol y mis tres polluelos cerca, muy cerca...

miércoles, 25 de enero de 2012

Luz




Desde anoche, Lourdes es ya parte de la luz. De hecho ya era parte de ella desde que nació, irradiándola por sus ojos curiosos y vivos que sabían captar cada pequeño detalle de belleza a su alrededor y por ese cutis de porcelana que nos hacía sospechar que en efecto hubiera un astro incandescente en su interior. Cálida, acogedora, generosa, pasional, con insaciables ganas de comerse este mundo, luchadora hasta las últimas consecuencias, valiente, decidida. Con una creatividad inagotable en todos los campos, desde la cocina, con sus exquisitos foies que preparaba con mimo extremo y delicada presentación,el catering, la costura, la bisutería, sus maravillosas fotos...hasta la poesía, la música, los animales, el campo, incansable Juana de Arco del siglo XXI. Una maestra de la vida que deja un hueco en nuestros corazones más grande que los agujeros negros de Stephen Hawkin.
Ha sido un privilegio compartir un trocito de camino contigo y haber aprendido tanto a tu lado, entre risas y lágrimas, pero con sentimientos salidos del corazón.
¡Qué tengas buen vuelo mariposa de Abril! Te voy a echar mucho de menos.

domingo, 15 de enero de 2012

Degustar una sinfonía

 
Desde que leí ayer el el artículo de Juan José Millás en el País Semanal http://www.elpais.com/articulo/portada/ciborg/tercer/ojo/elpepusoceps/20120115elpepspor_9/Tes, no puedo pensar en otra cosa...
 Neil Harbisson nació viendo únicamente en blanco y negro. Tras largos años en los que le tomaron por daltónico, por fin le diagnosticaron acromatopsia, una condición visual rara que le impedía disfrutar del resto de la gama de colores. Terminado el Bachillerato se marchó de su Mataró natal para seguir estudios musicales en la Universidad de Totnes en Inglaterra. Allí conoció a Adam Montandon, especialista en cibernética con el que ideó un ojo electrónico capaz de traducir colores a sonidos. El artilugio, que parece una lámpara de mesilla de noche o un micrófono por el que pedir un Whoper doble con queso, se conecta por un cable de audio a un chip situado en la nuca de manera que lee las frecuencias de luz emitidas por cada color y las traduce en notas musicales. De esa manera Neil "oye" los colores. Cada uno de ellos se corresponde con una nota: el rojo es un fa, el azul un do sostenido, el naranja fa sostenido, el verde es un la...
Sentada en el sofá, leyéndole en voz alta a Nacho toda esta información para que se acuerde, dentro de 50 años, cuando tenga la opción de llevar varios chips integrados en su cuerpo que intensifiquen o integren varios de sus sentidos, me paro a pensar en como sonaría su mirada azul, o que la perra sería insonora (es gris), la melodía de un arcoíris o del atardecer...
Aunque lo que de verdad excita mi imaginación sería descubrir la sinfonía de una macedonia, de una menestra de verduras, de una ensalada de escarola, granada, maíz, remolacha, naranja, tomate, manzana... Convertirme en un director de orquesta gastronómico y como dice el protagonista de este ciberinvento, ser capaz de degustar tu canción preferida.