viernes, 23 de septiembre de 2011

In memoriam de una vespino naranja...

Con 16 años, heredé una vespino naranja, idéntica a la que aparece en éste spot. Me la regaló mi prima que había venido a pasar un curso a casa, algo parecido al Erasmus actual, que a su vez se la había comprado a Angel el albañil (no podría haberse llamado de otra forma), mano derecha de mi padre, que acaba de comprarse un flamante nuevo ciclomotor de color carmín.
Cerca del manillar tenía pegada una chapita de la Virgen del Carmen y a su lado se leía la inscripción "Dios mío guíame" escrita con esmerada caligrafía inglesa con brillante esmalte negro.
Mi padre había fallecido tres años antes y mi madre se encontraba al frente de una pequeña tienda de artículos de cocina donde se impartían clases y que la tenía ocupada todo el día.
Aquella motocicleta me enseño a ser autosuficiente, evitándome caminatas de más de un kilómetro para llegar a  casa. Ya no dependía de los demás para desplazarme y eso me dió una sensación de libertad indescriptible. Con ella me enamoré por primera vez, aprendí mecánica, hice mucho ejercicio cada vez que me dejaba tirada sin previo aviso y tenía que volver a casa a pedales a tiempo de librarme del castigo por llegar pasadas las once. Desarrollé dotes de persuasión con la policía municipal para evitar las multas por ir dos en la moto y acto seguido volver a recoger a Marta dos calles más allá, destreza para deslizarla sin hacer ruido sobre la gravilla del jardín y escaparme a las fiestas una vez la casa dormida, habilidad para lijar las bujías y limpiar manchas de grasa y gasolina, energía para calentarme las manos y la nariz entumecidas por el frío a primera hora en clase de filosofía.
Terminó sus días desguazada en el viejo taller, dejándome una dulce nostalgia que supo borrar su sucesor, un destartalado R5 blanco que había pasado ya por todas las manos de la familia, con la batería ajustada con una cuña de madera y la suspensión tan hecha polvo que impedía conducirlo con las ventanillas abiertas ya que se corría el riesgo de salirse de la carretera y terminar formando parte del paisaje.
La vespino ya no está, pero aún permanecen la vieja casa, las golondrinas, la huerta, los animales, la gran mesa en el jardín con toda la familia alrededor compartiendo una suculenta comida y sobre todomi madre que nos mantiene a todos unidos. El alma de la casa, generosa, dinámica, ágil, inteligente y llena de vida.
Precioso anuncio que podría ser un trocito de mi historia.

Una década de talento

lunes, 12 de septiembre de 2011

Libre te quiero


Libre te quiero
como arroyo que brinca
de peña en peña,
pero no mía.

Grande te quiero
como monte preñado
de primavera,
pero no mía.

Buena te quiero
como pan que no sabe
su masa buena,
pero no mía.

Alta te quiero
como chopo que al cielo
se despereza,
pero no mía.

Blanca te quiero
como flor de azahares
sobre la tierra,
pero no mía.

Pero no mía,
ni de Dios ni de nadie,
ni tuya siquiera.

Agustín García Calvo.
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