lunes, 9 de mayo de 2011

Trenes

Llevo años soñando con vías, vagones, trenes, estaciones... Sin necesidad de recurrir a Freud ni al psicoanálisis, pienso que estará relacionado con las dudas sobre las decisiones que he ido tomando a lo largo de mi vida y las oportunidades que he dejado pasar.
Trenes de cercanías, previsibles y confortables, de los que es fácil subir o bajar. Trenes de largo recorrido que esconden su trayectoria, donde uno es un pasajero más entre la multitud. Viajeros sin rostro que pasan a nuestro lado invisibles, desapercibidos o seres extraordinarios que captan nuestra atención en cuanto suben al vagón, enriqueciendo nuestro viaje de mil matices. A los que nos acercamos, mordidos por la curiosidad, atraídos por su magnetismo.
La vida nos hace apearnos en una estación, cambiar súbitamente de itinerario. En ocasiones nos arrebata a nuestros compañeros de viaje, en otras nos regala nuevas amistades que nos acompañen en el camino. Algunos durante un tramo corto, otros estarán a nuestro lado durante todo el camino. Unos decidirán bajarse voluntariamente, otros retomarán ese tren que dejaron atrás muchos años antes.
La semana pasada se fue alguien a quién conocí en uno de esos viajes de adolescencia. Un ser que cautivaba, al que me hubiera gustado escuchar horas, sentada muy quieta, las piernas abrazadas contra el pecho, como una niña escuchando al maestro. Su hija, al darnos la noticia, invitaba a aprovechar el momento con nuestros seres queridos, lo único realmente valioso.
Así que en lugar de mirar atrás con mil preguntas sobre si realmente fue una buena elección elegir esta o aquella dirección, simplemente elegir un tren de puertas abiertas y cadencia parsimoniosa, como los de la India. Disfrutar del paisaje, de todos los detalles del camino, convivir con cada uno de sus pasajeros multicolores, aceptando sus dualidades, aprender, emocionarse, vivir con los ojos muy abiertos y fluir disfrutando el viaje con los cinco sentidos...hacia el horizonte, camino del Oeste.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Aigua Blanca


Descubrí esta cala con 8 años, un verano en el que compartimos casa con tíos y primos. Bajábamos descalzos caminando casi un kilómetro hasta este rincón casi virgen del norte, entre olores de resina y romero. Desde ese día mis pies quedaron imantados definitivamente al magnestismo de la isla y mi retina se vistió de tonos turquesa, esmeralda y añil, perdidos en el horizonte, soñando descubrir tierras lejanas, al otro lado del mar.

Ayer me preguntabas qué es la felicidad. Para mi es cerrar los ojos y trasladarme a los escalones de esta terraza, desplegar los sentidos y sentir la brisa en la piel, el calor del sol, el salitre impregnando los labios, el pelo, la ropa, el sonido de las olas sobre la arena desierta, el grito estridente de las gaviotas, las risas de dos bañistas intrépidos desafiando la temperatura del agua... Detener el tiempo y sentirme muy viva. Conectar con el yo más profundo durante un instante intenso y luego volver a la realidad con fuerzas renovadas.