domingo, 26 de diciembre de 2010

Lluvia


Hay días en que llueve tanto por dentro que la vista se empaña sin remedio impidiendo ver los colores de la vida.
Sentada en medio de un centro comercial abarrotado de gente, esperando a que mis hijas cambiaran sus regalos de Navidad, he dejado que subiera la marea de mis sentimientos, allí en medio del anonimato y que brotaran mis lágrimas hasta desbordarse, invisible, parapetada tras la portada de un libro abierto.
Y así me he sentido a salvo, sabiendo que nada es tan grave, que la vida sigue, que nada la detiene, ni siquiera la lluvia.
Gracias Carmen por recordarme que siempre hay sol detrás de las nubes, a Julia por devolverme la mirada atlántica de Nico, el olor a sardinas asadas de la casa de Canido y el sabor a algas de mi infancia sobre los hombros de mi primo, al que tanto añoro.

jueves, 2 de diciembre de 2010

¿1,2,3...o república bananera?

Ya lo hemos conseguido, en lugar de península ya somos isla... Por cortesía de los controladores aéreos del aeropuerto de Barajas al final voy a tener tiempo de escribir este post. Tres horas deambulando por el aeropuerto, niños y perra a cuestas hasta corroborar nuestras sospechas: Espacio aéreo cerrado. ¡Olé! Ni servicios mínimos, ni crisis, ni estimulación económica gracias al turismo, ni explicaciones, ni maletas ni ná. 250.000 afectados.
Así que de vuelta a casa, echando humo por las orejas he decidido que voy a escribir sobre un país que funciona y así bajar un poco mi cabreo.

Metrópolis, Las luces de la Capital, La vida de los otros, Good bye Lenin, y mi preferida: 1,2,3 de Billy Wilder, todas ellas me hacían soñar con conocer Berlín.
Sentimientos encontrados ante la dureza de conocer una ciudad recompuesta después del desgarro de su división al final de la Segunda Guerra Mundial y de la reunificación tras la caída del muro en el año 89 y esa capital dinámica y cosmopolita de la que todo el mundo me hablaba con auténtico entusiasmo.


La puerta de Brandenburgo desierta bajo la nieve, gentileza de la visita oficial de Putin

A pesar de los 3 grados bajo cero, hay bicicletas por todas partes, incluso en las fuentes.

Imposible subsistir sin un vinito para calentar el cuerpo. Mucho mejor un Riesling que el brebaje caliente mezclado con canela que venden por doquier en la calle, aunque lo hubiera utilizado para meter los dedillos de los pies y las manos...

Vestigios de la época comunista. Flash back de la primera vez que aterricé en Moscú en el 87 en plena Perestroika, loca inconsciente con un grupo de 30 españolitos a mi cargo.


Ultimas insignias de la RDA. En venta o alquiler.
Tradición en los puestos navideños, artesanía, buen gusto y sobre todo mucho ambiente.


El universo de la arquitectura: Calatrava, Foster y la cúpula de cristal del Reichstadt en la que un cono tapizado de espejo refleja al país culaquier decisión política que se tome en su interior. Esculturas de Chillida, sorprendente barrio de embajadas con edificios singulares, fragmentos del muro reconvertidos en murales.
No he podido resistirlo, es la gorda que llevo dentro. De niña hubiera hecho lo que fuera por conseguir una de esas manzanas bañadas en caramelo (¡o una palmera de chocolate!)


Diseño, ciudad viva, cosmopolita, organizada sin ser agobiante y un trato tan amable que sobrecoge.
Y por último un recuerdo de la época militarizada ¿Terminaremos nosotros así también, militarizando este país para que al menos el tráfico aéreo se reanude al modo Reagan en la crisis de controladores de EEUU en los 80?