miércoles, 29 de septiembre de 2010

Joya urbana



Este es uno de mis edificios preferidos de Madrid. Escondido en una de las zonas más emblemáticas de la ciudad, ha pasado de ser el patito feo que albergaba la antigua Central Eléctrica del Mediodía, escondida tras una anodina (e inflamable) estación de servicio a este moderno museo que desvela sorpresas en cada visita.

Diseñado por el equipo suizo Herzog & de Meuron, recupera un antiguo edificio industrial de finales del XIX en los que se mezclan materiales a modo de trampantojo. El frío acero se envuelve en óxido para crear la cálida fachada de cortén, coronada por una celosía que sigue el perfil de los edificios colindantes, guardando sus misterios durante el día y transformándolo en linterna-faro durante la noche.

Se conserva la antigua fachada de la fábrica pero se retira el zócalo de la primera planta y queda apoyada sobre la estructura de tres escaleras que hacen que el edificio levite sobre una gran plaza abierta. Allí encontramos el magnífico jardín vertical obra de Patrick Blanc, con más de 10.000 plantas que reciben agua y minerales por un sofisticado sistema de goteo.

La escalera principal, de formas sinuosas, recuerda al diseño modernista del edificio original.

Una vez en el interior, la mezcla de acero, hormigón, cristal y madera va creando espacios polivalentes: sales de exposición, auditorios, salas de proyección, de descanso, incluso dos fuentes una interior y otra exterior que consiguen abstraerte del caos de la ciudad.


Y este es un guiño escondido en el patrón de la celosía de cortén: la Península Ibérica y arriba a la derecha la cruz representando Suiza.

Un lugar donde perderse y más este mes con las exposiciones: de Fellini, el circo de las ilusiones; Dalí, Lorca y la Residencia de Estudiantes y las fotos sobre la infancia de Isabel Muñoz. No sabría por cual empezar...

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Si me necesitas, silba

"Tener y no tener":Martinica 1940, segunda guerra mundial, Francia bajo el mandato de Vichy. La isla de mis antepasados, en esa época mi madre tenía 12 años y andaba descalza subiendo a los cocoteros. Humphrey Bogart y una jovencísima Lauren Bacall. Una copa de tinto, una historia de Resistencia y el embrujo de la "flaca" capaz de derretir un iceberg con una simple mirada.

Siempre soñé con ser ella, alto voltaje, química pura, capaz de incendiar la pantalla con esa caída de ojos única, pura sangre de mirada felina. Diálogos mordaces, llenos de fina ironía, el vestuario elegantemente absurdo para el calor y la humedad de las Antillas y el tira y afloja entre los protagonistas. Gracias a Dios desperté de mi letargo y comprendí a tiempo que aún admirando a Bacall había que huir de los Bogart como alma que lleva el diablo, maravillosos en la ficción pero invivibles en la vida real.
Delicioso y añorado glamour de la época dorada del cine. Ummmmm!

jueves, 9 de septiembre de 2010

Nieves




Cuando se marchó ya me advirtió de que era muy "perruna". Yo me quedé triste, sujetando el quicio de la puerta y pensando que la distancia diluiría nuestra amistad. Ella en Roma, yo en Madrid, nuestros hijos creciendo en idiomas distintos.
Pero existen algunas relaciones silenciosas, de esas en las que no necesitas hablar para sentirte a gusto con el otro, para compartir lo más profundo frente al Coliseo o en casa delante de una humeante taza de café. Han pasado los años, cada vez más rápidos y hoy he recibido su regalo: este cuadro basado en una antigua fotografía y lo demás sacado de su talento único. Cuando observo un lienzo intento abstraerme e imaginarme al pintor, su estado de ánimo en los colores, en las formas, en la perspectiva. Me imagino a Nieves en su taller, bañada en luz, dejándose llevar por la inspiración, como me hubiera gustado observarla por un agujerito...
Y aquí estoy, con un nudo en la garganta ante este regalo tan personal que me llega como un dardo de emociones directo al corazón.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Moras

La vuelta al cole siempre se me ha hecho bola. Pensaba que llegando a la edad adulta se me pasaría, pero esos paneles publicitarios, la cuñas de radio, no puedo con ellos y consiguen irritarme y aguar los últimos días de verano. Se acabó la casa llena de vida, las visitas inesperadas de amigos, los baños a la luz de la luna, queso, vino y buena conversación hasta caer en los brazos de Morfeo, devorar un libro, el reloj olvidado en un cajón...
Aunque hay algo que siempre me devuelve la sonrisa: las moras de principios de Septiembre. Perderse en el bosque ataviados con cestas de mimbre y llegar hasta al alijo secreto que nadie conoce. Allí pelear valientemente con las zarzas y arrebatarles sus primeros frutos maduros y carnosos que impregnan los dedos con tatuajes de tinta china. Salir triunfante con el abundante botín, marcados y magullados como en una pelea de gatos, la ropa llena de enganchones de ese velcro vegetal que te atrapa y te retiene hasta que consigues debatirte y huir como un Don Quijote valeroso.
De vuelta a casa cerrar todas las ventanas para que comience la ceremonia. Macerar las frutas con agua, azúcar y ralladura de limón y llevarlas al fuego en viejas cacerolas de cobre que uso únicamente en esta época del año. Entonces se produce el milagro y el aroma invade cada rincón de la casa, el olor agridulce e inconfundible de final de vacaciones que llena las papilas del alma de recuerdos imborrables.